9 de diciembre de 2025: Otro rastro más de Montes

El frío da sus primeros avisos en los inicios de diciembre, y ya deja verse algo de celo en los jabalís. Esos días te empujan a salir bajo la luna, esperando que ese ansiado navajero, menos precavido por sus instintos más primarios, cometa algún error que le cueste la chaqueta. Y esto es lo que empujó a nuestro protagonista, la noche del 7 de diciembre de 2025, a sumergirse en los barrancos de robles de la sierra, oculto tras la tapia de un viejo corral, para ver si conseguía dar caza a uno de esos que nos quitan el sueño.
Día 8 de diciembre
Aviso en el grupo de AEPES: “Jabalí herido en la noche del día 7, calibre 3006, le ha seguido hasta donde ha podido, dejándolo marcado, sin conseguir cobrarlo. Aparentemente va bien pegado.” Como ya os he contado anteriormente, estoy algo más “descolgado” del grupo, pero veo que el aviso es en mi zona; y me ofrezco para ir al día siguiente, ya que me encuentro fuera. Casualmente, al cazador le cuadra perfectamente que lo rastreemos mañana, por lo que me pasan su contacto, le llamo y tras contarme un poco, quedamos para por la mañana a falta de concretar la hora, ya que él ha de pasar por mi pueblo para ir al coto. Estamos próximos a un rastro de 40h de antigüedad. Sé que son bastantes horas, pero el haberme liberado de ciertas presiones que anteriormente metía en mi macuto de rastreo me hace acudir con ganas y relajado, simplemente para disfrutar de la salida.
Día 9 de diciembre
Recibo un WhatsApp del cazador que sobre las 10:15 puede estar allí. Le aviso a un amigo, apasionado de los perros de trabajo, que ya me ha acompañado de mozo de espadas en más de una ocasión. Le recojo, tomamos un café y marchamos según lo previsto para estar allí a las 10:15. Tenemos una hora escasa de camino, que aprovechamos para contarnos las batallitas cinegéticas del fin de semana. A las 10:10 estamos llegando donde nos espera Nicolás. Nos presentamos, y a pesar de tener marcado donde el animal cruzó la carretera, le digo que prefiero ir al “anschuss” (término que utilizamos los “frikis” del rastreo para referirnos al lugar exacto del lance). Aparcamos el coche y cojo a Montes que aprovecha a restregarse en “lo que sobraba a una vaca”, mientras cojo el GPS, la traílla y el cuchillo.
El escenario es un robledal, dentro de un prado ganadero, todo ello en la falda de un cerro que impone. Damos un rodeo para no acudir al anschuss por el propio rastro, mientras Nicolás nos cuenta un poco el lance. Nicolás porta un rifle semiautomático 44 Rem-mag para remate en caso de que fuera necesario, lo cual me dice mucho, pues sin yo decirle nada, a pesar de la antigüedad del rastro, ha considerado que podría ser necesario. Esto, por evidente que parezca, no todo el mundo lo entiende y nos toca recordarlo en más de dos ocasiones. En el trayecto al cebadero, empiezo a ver marcas continuas cada muy pocos metros, que Nicolás dejó ayer cuando acudió a buscar el guarro, para que si desaparecía la sangre supiéramos por donde fue. Pienso en mis adentros, “Que Crac, es la primera vez que le rastreamos, y ha hecho de motu propio todo lo que debe hacerse en estos casos”.
Hemos llegado al cebadero y Nicolás sigue contándonos. Por lo que llevamos hablando, veo que es ese tipo de cazador que le gusta hacer una espera en primera persona, sintiendo prácticamente el respirar de los animales. Nos cuenta que lo ha tirado a 52 metros, había hembras, crías, y otro macho más en el ruedo. Que el guarro estaba bien posicionado, ya que, si no están en condiciones óptimas de recibir el impacto, no lo efectúa, haciendo honor al propio nombre de esta modalidad de caza: “Espera”. El animal se encoge al tiro, y emprende huida en dirección a una cámara de fototrampeo que llega a fotografiarlo en su huida. Las hembras han huido en otra dirección.
Comienza el rastreo
Nos toca a nosotros. En la entrada al cebadero Montes se ha parado. Avanzo hasta el maíz, se adelanta unos metros y retrocede. Cogemos salida, pasando por el punto que marcó antes de entrar al maíz y vemos que va en dirección a la primera marca que Nicolás dejó. Cogemos senda entre jarales, dentro del prado ganadero y comienza el juego. Increíble la meticulosa labor de Nicolás marcando todas y cada una de las sangres. Vemos como Montes avanza sobre las marcas, a veces se sale, rectifica y vuelve a cogerlo. Remarco que vamos por un prado, por el que ha habido vacas desde el momento del lance. Llegamos incluso a un punto que se aprecia como al perro le cuesta más disociar el camino correcto, pero poco a poco va resolviendo y siguiendo el trazado marcado, entre jaras y portillos de piedra, para finalmente llegar a la gatera de la alambrera, al borde de la carretera.
Cuerpo a tierra tras la traílla, Toni pasa como puede rasgándose el chaleco y sujeta el rifle a Nicolás para que pueda pasar con mayor facilidad. Yo sigo a Montes, que, habiendo librado el cercado de vacas, ha decidido meter la directa y subir un punto al ritmo, incluso dos, mientras descendemos por la falda en dirección al río. Giro a derechas, y nos acercamos al borde de una paridera bajo una encina: primera cama (también marcada). El guarro ha necesitado pararse y frotarse la herida. Montes hunde la nariz en la tierra, y sentado, mira a la encina, que cuelga un trozo de bolsa a modo de marca. Veo su cara, que mira la bolsa y me mira, y me hace recordar aquellos artificiales con los que entrenamos, en los que, en la muerte, le colgaba la piel de un árbol para incentivar en él el latido, reclamando su premio. Me sonrío por dentro y lo animo a continuar.
Descendemos por la tapia y la cruzamos por un portillito para seguir bajando en dirección al río. El guarro sabe perfectamente a dónde va, o a dónde quiere llegar. Cogemos el borde de un pequeño resalte, hasta una veredita un poco más marcada que nos deja en un camino, el cual coge durante unos cientos de metros para finalmente volcarse al río. En mi experiencia rastreando, tiemblo con los cursos de agua, ya que los animales se lavan, cogen fuerzas y dejan que la corriente se lleve el olor que traían. Cruzamos el rio y dos encames. Tierra muy movida, con algunas hojas de roble tiznadas de algo de rojo. No hay duda, se lavó en el rio y se echó aquí. La sangre desaparece, y también las marcas de Nicolás, que no fue capaz de ver hacia donde salió. La intuición nos dice, río abajo, a unos grandes zarzones… Pero no es momento de elucubrar teorías erráticas confiando en nuestro instinto, pues debemos recordar que aquí somos los segundos de abordo. Es momento de confiar en la nariz de un perro de sangre, que para eso ha venido aquí Montes.
Nota: Gota de Sangre al cruzar el río en el centro de la imagen.
Cruzamos una pequeña arbolada de ribera, alejándonos del río y de nuestra teoría, y buscando la pendiente que nos saca del valle del río entre jaras. La vegetación se espesa ya bastante. Toca agacharse y reptar, y de repente veo una pequeña gota por la trocha. Hemos cogido la salida correcta. Emocionado se la canto a Toni y Nicolás para que la marquen. Subimos sesgados por la falda y avanzando con mucha dificultad mientras aviso a Nicolás y Toni que estén preparados y atentos para cualquier cosa. Seguimos subiendo y tratamos de cruzar una maraña imposible, y veo una gota; Montes avanza unos metros más conmigo arrastras, pero retrocede sobre esa gota para coger un sendero más limpio. En mi interior pienso, huele a guarro, aunque viendo donde estamos puede ser de cualquiera. Le digo a Nicolás “me mosquea que haya hecho esto, tratar de cruzar y volver sobre sus pasos”. Pero confío en el perro que sigue subiendo por el sendero “algo” más despejado y veo otra gota. La merma de fuerzas en el animal no le dejó cruzar por donde lo intentó de primeras, y le hizo retroceder para subir por un sitio más fácil. Continúa la subida, y descendemos unos metros para volver a subir más adelante. Montes me marca una cama muy fresca con bastante pelo de corzo, pero no la muestra especial interés, y describe un lazo para volverse a meter en el rastro que llevaba. Subimos unos metros más y otra cama de corzo con la misma reacción, que consigue subir un grado mi estado de nervios.
Sesgando falda arriba ligeramente hacia la izquierda Montes avanza hacia arriba, abriéndose paso entre la maleza. Yo trato de escudriñar el lecho boscoso a cada paso que doy buscando ese esbozo rojizo en cualquier hoja de roble mientras Montes avanza despacio por encima de mí. Infructuosamente voy levantando la cabeza, siguiendo el trazo de la traílla, hasta que veo a Montes parado, delante de una enorme masa de pelo que yace entre las hojas de roble, jaras y algún helecho. Nicolás y Toni que vienen más atrás aún no lo ven, pero me escuchan felicitar efusivamente a Montes. Me giro en busca de Nicolás para felicitarle, darle un abrazo y decirle “Vaya Guarro”. 37 horas y 2 km después, lo hemos conseguido en un entorno mágico de mi tierra. Impresionante la dureza de estos animales, que protegidos por su escudo de piel y grasa, y con un tiro en la caja algo trasero pero ni mucho menos mal colocado, tienen fuerza para alejarse, llevándose nuestra ilusión, robándonos el sueño y haciendo imprescindible el trabajo de un equipo de rastreo.
Imagen: Montes agarrando su presa.
Por mucho que os describa con pelos y señales, solo el que lo ha vivido sabe lo que es llegar a muerto detrás de una traílla dirigida por la nariz de un perro de sangre.
No escatimamos en tiempo en disfrutar del momento, del entorno, del guarro, del perro y de la compañía, y de tomar unas bonitas fotos que sin duda enmarcaré y colgaré en la pared de Montes.
¡Hasta la próxima compañeros!
Imagen: De izquierda a derecha, Montes, Jesús, Toni y abajo el jabalí.







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